Thursday, February 19, 2009

Resignarse.


Ahora entendía, después de charlar horas con su insomnio sobre eso, comprendió todo. Lo que la enamoro de él, no fue su personalidad, no fue como la trataba, ni absolutamente nada de toda esa porquería. Era la idea de cómo sería con ella si cambiaba, si dejaba esa frialdad de lado y demostraba más cuanto la quería. La destruía día tras día sentir que cualquier otro podía darle mucho más de lo que él le daba, porque para ser sinceros, él no le daba y nunca le iba a dar nada. Nada más que eso que le dio siempre y que nunca le sirvió: Sábados por la noche. Sábados donde aparentaba cosas que no eran, la llevaba de la mano junto a él, la hacía volar de tantas ilusiones, la hacia perderse en su mirada y en la textura de sus manos transpiradas que pedían por favor que nunca se soltaran. Pero cuando se acercaba la hora de partir, separaba las manos, arrancaba los sueños, y se iba para despertarse en la mañana y olvidar todo lo que habían pasado la noche anterior. Y así se paso ella cada noche de su vida tratando de enamorarlo, consiente de que nunca le dedicaría más que eso que no la conformaba , no la llenaba y le quitaba las ganas de seguir peleando por algo que cada vez veía más lejos. Entonces prefirió olvidarlo todo, enfermarse de amnesia de amor y luchar con la idea de que ese objetivo que se había propuesto, hoy debía quebrarse. Entendió a pesar de todo, que a veces tenemos que resignarnos a cosas que queremos, aunque duela, porque a corto o largo plazo, eso que tanto ambicionamos nos termina destruyendo más que el olvido mismo.